Descripción:
Apolo Hidalgo Nunca Fue El Protagonista De Su Propia Historia. Desde Niño Aprendió A Moverse En Silencio, A Observar Desde La Esquina, A Ser Esa Presencia Cálida Y Constante Que Da Equilibrio Al Caos Ajeno. En Una Familia Donde Los Reflejos De Sus Hermanos Mayores Brillaban Con Luz Intensa, él Aprendió A No Competir Con El Resplandor, Sino A Iluminar Desde Lo Discreto. Era El Chico De La Sonrisa Fácil, El Que Ofrecía Un Hombro Sin Pedir Nada A Cambio, El Que Hacía Favores Y Escuchaba Historias Sin Interrumpir. Pero Bajo Esa Serenidad Había Un Océano Contenido, Un Mar De Emociones Que A Veces Amenazaba Con Desbordarse Cuando La Vida, Con Su Inevitable Dureza, Le Recordaba Que Ser Bueno No Siempre Significa Ser Visto.
En Los Primeros Compases De Su Historia, Apolo Camina Por La Vida Con Esa Mezcla De Dulzura Y Desconcierto Que Caracteriza A Quienes Todavía No Han Aprendido A Poner Límites. Su Entorno Lo Define Por Lo Que Da, No Por Lo Que Es. Sus Amigos Lo Buscan Cuando Necesitan Consuelo, Pero Rara Vez Cuando Quieren Compartir Un Triunfo. Sus Parejas Lo Ven Como El Refugio, Pero No Como La Aventura. Y él, Con Su Naturaleza Pacífica, Acepta Esos Roles Sin Quejarse, Convencido De Que El Amor Verdadero Llegará Cuando El Universo Decida Enviar A Alguien Que Lo Entienda Sin Necesidad De Explicaciones.
Sin Embargo, La Vida No Siempre Concede El Amor En Bandeja. A Veces Lo Disfraza De Lección. Y Así, Un Día De Lluvia —porque La Lluvia Es La Metáfora Constante De Su Existencia—, Apolo Cruza Caminos Con Alguien Que Cambiará La Manera En Que Se Ve A Sí Mismo. No Fue Un Encuentro Explosivo Ni Un Choque De Miradas De Película; Fue Algo Mucho Más Cotidiano, Casi Invisible Para Los Demás, Pero Profundo Para él. Una Conversación Breve Bajo Un Paraguas Compartido, Una Mirada Que Duró Lo Justo Para Abrir Una Grieta En La Rutina.
Ella No Era La Típica Protagonista De Una Historia Romántica. Era Una Chica Que Cargaba Con Su Propio Peso, Con Heridas Viejas Que El Tiempo Aún No Había Logrado Cerrar. Venía De Un Pasado Difícil, De Desilusiones Que La Habían Convertido En Alguien Cauteloso, A Veces Incluso áspero. Y Aunque Su Presencia Parecía Fuerte, Había En Sus Ojos Un Cansancio Que Apolo Reconoció Al Instante: El Cansancio De Quien Ha Amado Demasiado Sin Recibir Lo Mismo A Cambio.
Desde Ese Día, El Destino —o Quizá La Casualidad— Se Encargó De Reunirlos Una Y Otra Vez. Entre Cafés, Paseos Improvisados Y Silencios Compartidos, Apolo Comenzó A Descubrir Una Nueva Faceta De Sí Mismo: La Del Hombre Que También Podía Desear, Que También Podía Exigir, Que También Tenía Derecho A Ser Amado Con La Misma Intensidad Con Que él Amaba. Pero Ella, Atrapada Entre El Miedo Y La Costumbre De Defenderse, No Siempre Supo Recibir Esa Ternura Sin Levantar Muros. Lo Empujaba Sin Querer, Lo Alejaba Sin Entender Que Cada Distancia Era Una Herida En él.
Apolo, Acostumbrado A Sostener Al Mundo, Empezó A Sentir El Peso De Sostener A Alguien Que No Quería Ser Sostenida. Y Ahí Comenzó Su Tormenta.
Cada Relación, Cada Intento De Acercamiento, Cada Palabra No Dicha Se Fue Convirtiendo En Un Espejo Donde Apolo Se Veía Reflejado De Una Manera Distinta. Empezó A Notar Que Detrás De Su Bondad Había Una Necesidad De Aceptación, Un Deseo Profundo De Ser Elegido Al Fin. La Gente Lo Llamaba “bueno” Como Si Fuera Un Cumplido, Pero él Empezaba A Preguntarse Si Esa Palabra No Era, En Realidad, Una Jaula. Porque La Bondad, Cuando Se Da Sin Medida, Puede Transformarse En Una Forma De Desaparecer.
Las Lluvias Siguieron Cayendo, Tanto En El Cielo Como Dentro De él. Hubo Días En Los Que Se Sintió Tan Vacío Que Apenas Podía Reconocerse. Los Consejos De Sus Hermanos, Cada Uno Tan Distinto A él, Se Convirtieron En Ecos Que No Siempre Sabía Interpretar. Atlas, El Mayor, Siempre Fuerte, Le Repetía Que Debía Hacerse Respetar, Que La Vida No Tenía Compasión Por Los Indecisos. Ares, El Del Carácter Intenso, Le Decía Que Debía Arriesgar, Que No Podía Seguir Esperando Que Las Cosas Se Resolvieran Solas. Pero Apolo No Era Ni Atlas Ni Ares. Él Era La Calma En Medio Del Estruendo, El Equilibrio Entre Ambos Extremos. Y Sin Embargo, Esa Calma Comenzaba A Volverse Insoportable Cuando El Silencio Era Lo único Que Respondía A Su Entrega.
El Amor, Cuando No Encuentra Eco, Se Transforma En Tormenta. Y Fue Así Como Apolo Comenzó A Perderse. Empezó A Dudar De Su Valor, A Preguntarse Si En Verdad Ser Bueno Bastaba. ¿acaso La Gente Solo Amaba A Quienes Sabían Imponer Sus Deseos? ¿era Necesario Volverse Un Poco Cruel Para Ser Tomado En Serio? Cada Rechazo, Cada Desilusión, Cada Mirada Que Lo Veía Como “el Amigo Ideal” Se Clavaba En Su Pecho Como Una Aguja.
Pero La Vida, Con Su Ironía, Le Tenía Reservado Un Cambio Inesperado. Un Día, Mientras El Cielo Amenazaba Con Llover, Conoció A Otra Persona Que No Llegó Para Salvarlo, Sino Para Mostrarle El Reflejo Que él No Quería Ver. Una Chica Distinta, Más Libre, Más Segura, Pero También Más Directa. Al Principio, Su Relación Fue Un Choque De Mundos: Ella Veía En Apolo A Un Alma Demasiado Complaciente, Alguien Que Necesitaba Aprender A Decir “no” Sin Sentir Culpa. Lo Confrontaba Con Verdades Que Dolían, Pero Que También Lo Despertaban.
“ser Bueno No Significa Dejar Que Te Rompan”, Le Dijo Una Tarde Mientras El Viento Agitaba La Lluvia Entre Ambos. Aquella Frase Se Le Quedó Grabada, No Como Un Reproche, Sino Como Un Faro. Porque Por Primera Vez Entendió Que Su Bondad, Si No Estaba Acompañada De Respeto Hacia Sí Mismo, No Era Virtud, Sino Condena.
A Través De Los Días, Apolo Empezó A Reconstruirse. No Fue Un Proceso Rápido Ni Indoloro. Aprendió A Poner Límites, A No Cargar Con El Dolor Ajeno Como Si Fuera Suyo, A Comprender Que Ayudar No Siempre Significa Sacrificarse. Comenzó A Valorar Sus Propias Emociones Y, Lentamente, A Descubrir Que El Amor Más Importante Era Aquel Que Podía Darse A Sí Mismo Sin Sentirse Egoísta.
Mientras Tanto, La Lluvia Seguía Siendo Su Compañera Silenciosa. Había En Ella Algo Que Lo Consolaba, Algo Que Lo Hacía Sentir Acompañado Incluso En La Soledad. Cuando Las Gotas Golpeaban Los Cristales, Apolo Se Sentía Menos Solo. Era Como Si La Naturaleza Misma Le Recordara Que Todos, En Algún Momento, Necesitamos Una Tormenta Para Limpiar Lo Que Ya No Nos Sirve.
Con El Paso Del Tiempo, Las Relaciones Del Pasado Se Fueron Desdibujando, Y Lo Que Quedó Fue La Versión Más Auténtica De Sí Mismo. Empezó A Dedicarse A Sus Pasiones, A Sus Sueños, A Los Pequeños Placeres Que Antes Postergaba Por Complacer A Otros. Redescubrió La Música, La Escritura, La Calma De Las Caminatas Sin Destino. En Esa Quietud Comenzó A Encontrar Respuestas Que Antes Buscaba Desesperadamente En Los Demás.
Pero El Destino, Que Nunca Olvida A Los Corazones Sinceros, Volvió A Cruzar Su Camino Con Aquella Primera Chica Que Había Encendido Su Tormenta Interior. El Reencuentro No Fue épico Ni Dramático, Sino Simple Y Natural, Como Si La Vida Los Hubiera Estado Preparando Para Verse De Nuevo Bajo Una Nueva Luz. Esta Vez, Apolo No Era El Chico Que Esperaba Ser Elegido. Era Un Hombre Que Sabía Lo Que Valía. Ella, Por Su Parte, También Había Cambiado. El Tiempo La Había Ablandado, La Había Hecho Comprender Que El Amor No Siempre Duele, Que A Veces Basta Con Dejarse Mojar Por La Lluvia Sin Miedo.
Su Conversación Fue Distinta. Ya No Estaban Los Silencios Incómodos Ni Las Palabras No Dichas. Hablaron De Lo Que Habían Vivido, De Los Errores, De Las Ausencias. Y Aunque No Hubo Promesas Ni Finales Cerrados, Hubo Algo Más Importante: Comprensión. Por Primera Vez, Ambos Se Vieron Tal Como Eran, Sin Máscaras Ni Expectativas.
A Través De Esa Conexión Renovada, Apolo Entendió Que El Amor Verdadero No Siempre Consiste En Permanecer, Sino En Coincidir Cuando El Alma Está Lista. Que A Veces Las Personas Llegan Para Enseñarnos Quiénes Somos, Y Cuando Su Lección Termina, Se Van. Pero Si La Enseñanza Es Profunda, Dejan Huellas Que No Se Borran Ni Con La Lluvia Más Intensa.
La Historia De Apolo, Entonces, Se Convierte En Una Travesía Emocional Que Trasciende El Amor Romántico. Es La Búsqueda De Identidad En Un Mundo Que Confunde Amabilidad Con Debilidad, Generosidad Con Conformismo. Es La Historia De Un Chico Que Aprende Que Su Luz No Necesita Aprobación Para Brillar, Que Su Sensibilidad No Es Un Defecto, Sino Una Fuerza Silenciosa.
A Lo Largo De La Novela, Los Pequeños Gestos Se Vuelven Símbolos: La Forma En Que Apolo Recoge Una Flor Caída Y La Coloca En Un Libro, El Modo En Que Observa El Reflejo Del Cielo En Los Charcos Después De Una Tormenta, La Manera En Que Mira A Los Demás Con Una Empatía Que Traspasa Las Apariencias. Todo En él Respira Humanidad. Y Sin Embargo, Esa Misma Humanidad Lo Convierte En Alguien Profundamente Vulnerable, En Un Alma Expuesta Al Dolor.
En Las Páginas Más Emotivas, Ariana Godoy Retrata La Contradicción De Un Corazón Que Ama Demasiado. Nos Muestra A Un Apolo Que Quiere Salvar, Sanar, Cuidar… Pero Que Debe Aprender Que No Puede Hacerlo Todo Solo. Que Incluso El Más Noble De Los Corazones Necesita Descansar. Que No Hay Amor Sano Si Uno Se Pierde A Sí Mismo En El Intento De Ser Perfecto Para Otros.
El Viaje De Apolo Es Lento, Como Una Canción Melancólica Que Crece Con Cada Nota. Hay Recaídas, Días Grises, Momentos De Duda En Los Que Vuelve A Cuestionarse Si Vale La Pena Ser Como Es. Pero En Cada Caída Hay Una Enseñanza. En Cada Persona Que Pasa Por Su Vida, Hay Un Espejo Que Le Devuelve Una Versión Distinta De Sí Mismo. Y Al Final, Todas Esas Versiones Lo Preparan Para Comprender La Verdad Más Simple: Que El Amor No Se Mendiga, Se Comparte.
En El Clímax De Su Evolución, Apolo Enfrenta La Decisión Más Importante: Seguir Buscando La Validación Externa O Abrazar Su Soledad Como Parte De Su Crecimiento. Y Lo Hace De La Manera Más Coherente Con Su Esencia: Caminando Bajo La Lluvia, Sin Paraguas, Dejando Que Cada Gota Le Recuerde Lo Que Ha Aprendido. No Necesita Esconderse. Ya No Teme Mojarse. Porque Entiende Que Solo Quien Se Permite Sentir, Aunque Duela, Puede Conocer La Belleza De Estar Vivo.
La Historia Concluye Sin Necesidad De Grandes Giros, Porque La Verdadera Transformación De Apolo No Está En Lo Que Consigue, Sino En Quién Se Convierte. El Chico Que Antes Vivía Pendiente De Los Demás Ahora Sabe Mirarse Al Espejo Con Ternura. El Que Antes Temía No Ser Suficiente Ahora Sabe Que No Necesita Ser Perfecto Para Ser Amado. El Que Antes Se Quedaba Bajo La Lluvia Esperando Que Alguien Le Ofreciera Refugio Ahora Camina Con La Frente En Alto, Disfrutando Del Sonido Del Agua Golpeando El Suelo, Sabiendo Que Cada Paso Lo Acerca Más A Su Propio Destino.
“a Través De La Lluvia” No Es Solo La Historia De Un Amor, Sino De Todos Los Amores Que Nos Construyen: El Amor Que Nos Hiere, El Que Nos Enseña, El Que Nos Obliga A Soltar, El Que Finalmente Nos Libera. Es También Una Oda A La Sensibilidad En Tiempos De Ruido, Una Defensa De Los Corazones Buenos En Un Mundo Que A Menudo Los Confunde Con Débiles.
En Sus últimas Páginas, Apolo Mira El Cielo Y Sonríe. La Lluvia Cae Con La Misma Suavidad Con La Que Comenzó Su Historia, Pero Ahora él La Siente Distinta. Ya No La Teme. La Abraza. Porque Entiende Que Cada Tormenta Que Atravesó Lo Hizo Más Fuerte, Más Consciente, Más él. Y Aunque La Vida Seguirá Presentándole Nubes, Ahora Sabe Que La Lluvia No Viene Para Destruir, Sino Para Limpiar.
Así, El Chico Que Un Día Se Sintió Invisible Se Convierte En El Hombre Que Aprende A Brillar Sin Necesidad De Aprobación. El Que Daba Sin Medida Ahora Sabe Recibir. El Que Amaba Sin Condiciones Ahora Se Ama Con Límites. Su Historia Es Un Recordatorio Para Todos Los Que Alguna Vez Se Sintieron Como él: Que Ser Bueno No Es Un Error, Que La Ternura Sigue Siendo Un Acto De Valentía Y Que, A Veces, El Amor Más Grande Nace Cuando Dejamos De Buscarlo En Otros Y Lo Encontramos Dentro De Nosotros Mismos.
Y Cuando El último Capítulo Se Cierra, El Lector Queda Con Una Sensación Agridulce, Como Después De Una Lluvia Que Ha Empapado Todo, Pero Que Deja El Aire Más Limpio. Porque “a Través De La Lluvia” No Busca Ofrecer Finales Perfectos, Sino Verdades Humanas. Nos Enseña Que Todos, En Algún Momento, Debemos Aprender A Caminar Bajo La Tormenta Sin Miedo, Confiando En Que Al Otro Lado Siempre Espera Un Cielo Más Claro.
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Autor:
Ariana Godoy
Editorial:
Montena ;
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