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MISIÓN EN PARIS (LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN ALATRISTE 8

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Descripción:
Sonaba La Medianoche En Los Relojes De París Cuando Entraron Por La Puerta De Saint-jacques Cuatro Jinetes Tan Seguros De Sí Mismos Como El Trote Firme De Sus Caballos. La Ciudad Dormía Bajo Un Manto De Invierno Húmedo, Entre El Humo De Las Chimeneas Y La Niebla Que Se Posaba Sobre Los Tejados De Pizarra. Era 1625, Un Tiempo Convulso En Que Las Intrigas, Los Duelos Y Las Conspiraciones Eran El Pulso Invisible De Europa. España Y Francia, Viejas Potencias Enemigas, Se Observaban Con Recelo Desde Ambos Lados De Los Pirineos, Y Las Sombras Del Espionaje, La Diplomacia Y La Guerra Se Entrelazaban En Los Pasillos De Los Palacios Y Las Tabernas Más Oscuras.

Entre Aquellos Jinetes, Destacaba Uno De Porte Sobrio, Mirada Dura Y Gesto Imperturbable. Era Diego Alatriste Y Tenorio, Capitán Sin Empleo Fijo, Espadachín De Fortuna, Hombre Curtido En Los Campos De Batalla De Flandes Y En Las Calles De Madrid. A Su Lado Cabalgaban Su Inseparable Amigo Íñigo Balboa, Que Ya No Era El Mozo Aprendiz De Antaño, Sino Un Joven Que Había Aprendido El Arte Del Acero Y La Desconfianza, Y Dos Compañeros Fieles En La Adversidad: Sebastián Copons, Veterano De Los Tercios, Y El Siempre Taimado Pero Leal Quevedo, Poeta De Lengua Afilada Y Alma Española Hasta El Tuétano.

La Misión Que Los Había Llevado Hasta París No Era Una Aventura Cualquiera. Se Trataba De Un Encargo Del Mismísimo Conde-duque De Olivares, Valido Del Rey Felipe Iv. En Medio De Las Tensiones Entre Madrid Y La Corte Francesa, Alguien Debía Viajar A París Para Cumplir Una Tarea Tan Secreta Como Peligrosa: Proteger Los Intereses De España En Una Operación Diplomática Encubierta, Donde El Acero Y La Palabra Tendrían El Mismo Peso. Nadie Mejor Que Alatriste Para Enfrentarse A Un Encargo Que Requería Valor, Discreción Y La Fría Calma Del Que Sabe Que Su Vida Depende De Un Solo Movimiento.

La Ciudad De París Los Recibió Con Sus Luces Mortecinas Y Sus Calles Empedradas, Llenas De Vida Y Decadencia. En Las Tabernas Se Oían Canciones De Soldados Y Rumores Sobre Conspiraciones Que Salpicaban A Cardenales, Duques Y Embajadores. En Los Palacios, Los Nobles Tramaban Alianzas Y Traiciones Con El Mismo Gesto Elegante Con Que Brindaban Por El Rey Luis Xiii. El Cardenal Richelieu, Maestro De La Política Y La Intriga, Vigilaba Cada Sombra Con Ojos De Halcón. En Ese Tablero De Ajedrez, Alatriste Debía Moverse Sin Ser Visto, Consciente De Que Cualquier Paso En Falso Podía Significar La Ruina De Su Patria O La Suya Propia.

La Misión Parecía Sencilla En Apariencia: Entregar Un Mensaje, Acompañar A Un Emisario Y Garantizar Que Un Acuerdo Secreto No Cayera En Manos Equivocadas. Pero En París Nada Era Lo Que Parecía. Pronto Descubrieron Que Tras Los Muros Del Louvre Y Los Corredores Del Palais-cardinal Se Tejían Redes Invisibles De Poder, Donde Los Enemigos No Siempre Vestían Con Uniforme Distinto. Entre Las Sombras Se Movían Espías, Duelistas, Cortesanas Y Sacerdotes, Todos Jugando Su Propio Juego, Todos Dispuestos A Vender Información Al Mejor Postor.

Íñigo, Siempre Observador, Relataba Los Hechos Con La Mezcla De Admiración Y Melancolía Que El Tiempo Da A Los Recuerdos. Veía En Su Maestro A Un Hombre Solitario, Fiel Solo A Su Palabra Y A Su Espada, Alguien Que Caminaba Entre La Lealtad Y El Desencanto. En París, Alatriste Parecía Más Silencioso Que Nunca, Más Consciente De Que El Mundo Que Conocía —aquel De Honor Y Acero, De Guerras Entre Caballeros— Estaba Siendo Sustituido Por Otro Dominado Por El Dinero, La Astucia Y La Traición.

No Tardaron En Enfrentarse A Los Peligros De La Ciudad. Una Noche, Mientras Cruzaban El Puente De Notre-dame, Fueron Emboscados Por Espadachines Al Servicio De Una Dama Misteriosa. Las Espadas Relampaguearon Bajo La Luz De Las Antorchas, Y El Acero Cantó Su Canción Mortal. Alatriste, Con Su Calma Habitual, Despachó A Dos Adversarios Con La Precisión De Quien Ha Matado Muchas Veces Sin Placer Pero Sin Vacilación. Íñigo, Aunque Herido, Resistió Junto A él, Aprendiendo Una Vez Más Que La Valentía No Se Mide Por La Fuerza Sino Por La Lealtad.

Tras El Combate, Descubrieron Que La Emboscada No Había Sido Casual. Alguien Conocía Su Misión. Tal Vez Un Espía En Madrid Había Filtrado Información. Tal Vez El Propio Richelieu Jugaba Una Doble Partida, Permitiendo Que Los Españoles Se Movieran En Su Territorio Solo Para Vigilarles De Cerca. La Sospecha Se Instaló En El ánimo De Todos, Y Cada Mirada, Cada Sonrisa Cortesana, Podía Esconder Una Traición.

En Medio De Esa Tensión, Alatriste Conoció A Una Mujer Que Alteró Su Calma Habitual. Se Llamaba Geneviève De La Fère, Dama De Noble Linaje Y Belleza Serena, Vinculada A La Corte Por Lazos Familiares. La Joven Parecía Interesada En El Misterioso Capitán Español, Y Sus Encuentros —primero Casuales, Luego Inevitables— Fueron Un Respiro En Medio Del Peligro. Pero El Amor, O Lo Que Se Le Parece, No Tenía Cabida En La Vida De Un Hombre Marcado Por La Guerra Y El Desencanto. Y Alatriste Lo Sabía. Sin Embargo, No Pudo Evitar Dejarse Arrastrar Por El Magnetismo De Una Mujer Que Representaba Todo Lo Que él Había Perdido: La Inocencia, La Fe En Un Mundo Justo Y La Esperanza De Un Mañana Sin Acero Ni Sangre.

Mientras Tanto, Los Planes Franceses Avanzaban. El Cardenal Richelieu Tramaba Alianzas Con Inglaterra Y Los Rebeldes De Los Países Bajos, Buscando Debilitar El Poder Español. En Los Pasillos Del Louvre, Las Conversaciones Susurradas Valían Más Que Los Cañones. En Ese Entorno Hostil, Alatriste Debía Cumplir Su Deber Y Regresar Con Vida. Pero Cada Paso Que Daba Lo Acercaba Más Al Abismo, A Un Enfrentamiento Inevitable Con Los Agentes Del Cardenal Y Con Sus Propios Fantasmas.

Íñigo, Testigo De Todo, Narraba Los Acontecimientos Con La Voz Madura Del Hombre Que Recuerda Su Juventud Con Mezcla De Asombro Y Tristeza. París, Decía, Fue Una Escuela De Sombras. Allí Comprendió Que La Espada No Siempre Vence A La Pluma, Y Que A Veces La Verdad No Basta Para Salvar El Honor. Vio Cómo Su Maestro, Aunque Invencible En Combate, Empezaba A Mostrar Las Grietas Del Cansancio, La Resignación De Quien Ha Vivido Demasiado Y Ha Visto Cómo Los Ideales Se Disuelven En La Corrupción Del Poder.

Una Noche, Durante Una Recepción En Casa De Un Embajador, Alatriste Fue Reconocido Por Un Antiguo Enemigo: Un Espadachín Francés Que Había Cruzado Aceros Con él En Flandes. El Duelo Era Inevitable. Ambos Se Enfrentaron En Los Jardines, Bajo El Resplandor De La Luna Y El Silencio Expectante De Los Curiosos. La Pelea Fue Breve Pero Feroz. Alatriste, Fiel A Su Estilo, Venció Sin Alardes, Con La Frialdad De Quien Mata Por Necesidad, No Por Gloria. El Cadáver Del Francés Quedó Tendido Entre Los Rosales, Y El Capitán Desapareció Entre Las Sombras Antes De Que Llegaran Los Guardias.

Aquella Muerte Precipitó Los Acontecimientos. Richelieu Ordenó Su Captura, Y La Ciudad Entera Pareció Volverse En Su Contra. Alatriste Y Sus Compañeros Tuvieron Que Refugiarse En Las Cloacas De París, Escondidos Entre Mendigos Y Soldados Desertores, Esperando El Momento Propicio Para Huir. En Esos Días De Incertidumbre, Íñigo Comprendió El Verdadero Sentido Del Honor: Resistir Incluso Cuando La Derrota Es Segura, Mantener La Palabra Dada Aunque El Precio Sea La Vida.

La Misión, Al Final, Se Cumplió. El Mensaje Fue Entregado Y El Emisario Español, Salvado. Pero El Costo Fue Alto. Copons Cayó Herido, Quevedo Fue Detenido Brevemente Por Los Hombres Del Cardenal, E Íñigo Apenas Logró Escapar Junto A Su Maestro Gracias A La Ayuda De Geneviève, Que Arriesgó Su Posición Para Salvarlos. París Quedó Atrás, Envuelta En Su Niebla Eterna, Mientras Los Dos Jinetes Cruzaban El Sena Al Amanecer, Rumbo A España.

En El Camino De Regreso, El Silencio Fue Su única Compañía. Alatriste, Con La Mirada Fija En El Horizonte, No Dijo Una Palabra. Sabía Que Su Vida No Estaba Hecha Para Los Triunfos Ni Para Los Aplausos, Sino Para El Deber Silencioso. Íñigo, Por Su Parte, Comprendía Que Había Asistido A Algo Más Que Una Misión Diplomática: Había Presenciado La última Gran Aventura De Un Hombre Que Representaba Un Mundo En Extinción.

En Madrid, El Conde-duque Los Recibió Con Frialdad. La Misión Había Sido Un éxito, Pero Los Méritos De Hombres Como Alatriste Rara Vez Eran Reconocidos. Los Poderosos Preferían Olvidar A Los Que Se Manchaban Las Manos Por Ellos. Íñigo Observó Cómo Su Maestro Aceptaba La Ingratitud Sin Queja, Con Esa Dignidad Silenciosa Que Solo Poseen Los Hombres Que No Esperan Recompensa.

Pasaron Los Días, Y París Se Fue Convirtiendo En Un Recuerdo Envuelto En Humo. Sin Embargo, Para Íñigo, Aquellas Semanas Marcaron El Final De Su Juventud. Aprendió Que El Heroísmo No Siempre Tiene Recompensa, Que El Amor Puede Ser Una Trampa, Y Que El Honor, Ese Viejo Ideal Español, Es A Menudo Una Carga Demasiado Pesada Para Un Solo Hombre.

En Las Noches De Madrid, Cuando El Viento Soplaba Entre Las Calles Del Viejo Barrio De Las Letras, Íñigo Recordaba La Figura De Su Maestro, Con El Sombrero Ladeado, La Capa Al Viento Y La Espada Colgando Del Cinto. Recordaba Su Paso Seguro Entre Los Peligros, Su Mirada Serena Ante La Muerte, Y Comprendía Que El Capitán Alatriste No Pertenecía A Su Tiempo Ni A Ninguno: Era Un Hombre Fuera De Lugar, Un Testigo De Una España Que Se Desangraba En Guerras Ajenas Mientras Los Poetas Cantaban Glorias Pasadas.

“misión En París” No Era Solo La Historia De Un Viaje O De Una Conspiración Política. Era, Sobre Todo, El Retrato De Una época Que Se Extinguía, De Un Hombre Que Luchaba Por Mantener La Honra En Un Mundo Que Ya No Creía En Ella. Arturo Pérez-reverte, Con Su Prosa Precisa Y Evocadora, Nos Devuelve El Aroma De Las Calles Parisinas, El Resplandor De Las Espadas Al Amanecer, La Tensión Del Silencio Antes Del Duelo, Y La Tristeza Del Héroe Que Sabe Que Su Tiempo Ha Pasado.

Alatriste Regresó A España Más Cansado, Más Viejo, Más Solo. Pero Aún Con La Misma Rectitud Que Lo Había Guiado Siempre. No Buscó Recompensas, Ni Gloria, Ni Amor. Solo La Paz Del Deber Cumplido. Íñigo Lo Acompañó Hasta El Final De Aquella Aventura, Consciente De Que Su Destino Estaba Ligado Al Del Capitán, Aunque El Mundo Que Ambos Conocían Se Desmoronara Poco A Poco.

Así Termina La Historia De Aquella Misión En París, Entre El Humo De Los Cañones Y El Perfume De Los Jardines, Entre Las Luces Del Poder Y Las Sombras Del Honor. Una Historia De Lealtad Y Desencanto, De Hombres Que Pelearon Sin Esperanza Pero Con Orgullo, De Un Capitán Que Nunca Dejó De Ser Fiel A Sí Mismo, Incluso Cuando Todo Lo Demás Parecía Perdido.

Porque, Al Final, Mientras Los Relojes De París Seguían Marcando La Medianoche Y Las Campanas Sonaban Sobre El Sena, Todavía Podía Oírse El Eco Del Trote Firme De Cuatro Caballos Cruzando La Puerta De Saint-jacques, Llevando Consigo No Solo Una Misión Secreta, Sino El último Aliento De Un Tiempo En Que Los Hombres Luchaban Por Algo Más Que Su Propia Vida. Una época En Que El Honor Era Una Espada, Y El Silencio Del Capitán Alatriste, Su Más Fiel Escudo.
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Autor: Arturo Pérez-reverte
Editorial: Alfaguara;
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